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Jubilado con nota alta

Fred Churchill es un recién jubilado, tiene salud y está en forma. Pero el gozo de jubilarse vino junto con un mal trago: reconocer que tenía una pérdida de audición.

Jubilado con nota alta

Al acudir al audiólogo le confirmaron que tenía presbiacusia, una reducción gradual de la capacidad auditiva debida al envejecimiento. Le llevó algún tiempo convencerse, pero en seguida invirtió en un par de audífonos.

“Tengo 65 años, tenía 64 entonces. Si hubiera sido diez años mayor me hubiera sido más difícil aceptarlo,” comenta.

La realidad es que la afección de Fred es muy común entre las personas de su edad.

La presbiacusia se produce por un deterioro de las células pilosas del oído interno que convierten las ondas sonoras en impulsos nerviosos. Es gradual y al principio afecta a sonidos de alta frecuencia, precisamente los sonidos que Fred no escuchaba. Las consonantes silbantes como la “S”, “C” y “F” se convierten en mudas, dejando huecos sin sonido en las palabras. Como resultado, muchas palabras resultan ininteligibles o suenan como palabras completamente diferentes para el oyente discapacitado. Las voces agudas de las mujeres y los niños son especialmente difíciles de comprender, un gran problema si planeas pasar la mayor parte del tiempo con tu mujer, tus tres hijos y los cuatro nietos que tiene Fred.

“Era totalmente cómica mi interpretación de algunas de las cosas que mi mujer Karen y los demás decían,” recuerda ahora Fred.

Cambio de parecer

Aún así, ¿audífonos? Son poco atractivos, caros y la gente los asocia con ser viejo; estos eran algunos de los pensamientos que le pasaban a Fred por la cabeza. Pero además creía que no los necesitaba, según cuenta su mujer, Karen.

“Creo que su reticencia inicial se debía más a que no quería comprar unos audífonos que no necesitaba,” dice su mujer.

Hoy, tiene una opinión totalmente distinta. Llevar puesto un par de discretos audífonos de alta tecnología detrás del oído durante casi dos años le han hecho cambiar de opinión acerca de los audífonos, y es fácil entender porqué.

Puede disfrutar de toda la escala de notas musicales de nuevo, tanto si es jazz, como música clásica o bluegrass -su favorita- y ya no existen extraños momentos de silencio en los que el sonido desaparecía de la interpretación cuando llegaba a las notas más agudas. Además puede comprender y contestar de forma inteligente al continuo aluvión de extrañas preguntas de sus dos nietos mayores durante el breve momento en que le prestan atención. Y aunque los bares y restaurantes siguen siendo lugares difíciles para conversar, sus audífonos en particular abordan este problema: son capaces de identificar al hablante al que está mirando e intensificar el sonido proveniente de esa dirección, mientras que al mismo tiempo amortigua los sonidos y ruidos de fondo.

Indagaciones, apoyo y perspectiva

Mirando atrás, Fred cuenta que simplemente se había adaptado a su discapacidad auditiva - sentándose más cerca del que hablaba en una conferencia o en las reuniones de negocios, e incluso pidiendo educadamente que repitieran lo que decían. Sin embargo, pedir demasiado a menudo que repitieran lo que decían comenzaba a ser embarazoso, dice Fred, y ciertas situaciones le agotaban: mantener una conversación con una o más personas en un bar o restaurante lleno de gente, donde las voces y el ruido de fondo era alto, se le hacía imposible.

Su mujer, Karen, una persona paciente, cada vez estaba más frustrada. “A veces, no sabia si no me oía o si simplemente no quería escuchar,” recuerda Karen, riendo.

Así que, el indagar un poco junto con el apoyo de Karen hizo que Fred comprara su primer par de audífonos. Pero reconoce que su decisión resultó más fácil con algo de perspectiva:

Solía trabajar en el Instituto Nacional de Ciegos. Tras una larga y exitosa carrera en Kodak, Fred había sido consultor para varias organizaciones durante algunos años, y su trabajo en el Instituto se convirtió en un trabajo a tiempo completo, su último trabajo antes de jubilarse a principios de 2007. Se identificaba con toda la gente competente que trabajaba a su alrededor, muchos de ellos parcialmente o totalmente ciegos, y a la vez felices y con éxito. “Cuando trabajas con personas así, realmente te ayuda a aceptar tu propia situación, pero además es enormemente edificante,” dice Fred.

Jubilación mucho más agradable

Con todo esto, la vida para Fred ha cambiado para mejor.

“Los audífonos han mejorado mucho todo,” dice. “No son perfectos, no he vuelto completamente a la normalidad, pero es mucho mejor.”

Los audífonos de Fred son caros y su seguro no los cubría; no son resistentes al agua tampoco, por lo que no los lleva puestos cuando va a pescar con sus hijos o a montar en kayak con Karen; no se asientan muy bien con las gafas, y como no se ajustan del todo bien en sus oídos le preocupa que se le salgan cuando se quita la camisa o el gorro. (Ah!, y para los dos gatos que tienen serían unos estupendos juguetes.) Pero aunque es algo molesto tener que preocuparse de cuando puede o no ponérselos, su audición ha mejorado significativamente ”“ la mayor parte del tiempo- y esto hace que su vida y su jubilación sean más agradables.

Para Karen, el amor de su vida, eso es lo que importa: “Estoy encantada de que los tenga,” dice.

Y aunque la realidad es que la audición de Fred probablemente seguirá deteriorándose, sabe que sus audífonos se pueden adaptar según corresponda. Pero como eso probablemente ocurra dentro de muchos años, hoy en día ha cambiado de forma de pensar, recordando algo que oyó cuando trabajaba en el Instituto Nacional de Ciegos:

“La ciegos de mi oficina dirían ”˜La ceguera es molesta. Pero ni siquiera lo consideramos una discapacidad.”™” Fred piensa lo mismo de su pérdida de audición.

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